La tercerización es la uberización del trabajo

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Universalizar la tercerización integra el proyecto de la nueva elite y mantiene o reproduce la desigualdad, afirma el ex-presidente del  IPEA


 

Por Carlos Drummond

Publicado en Carta Capital 27-09-2016

En el período FHC, la tercerización aumentó, pero no hubo ganancias de productividad.

La universalización de la tercerización, sea la aprobada por los diputados y en tramitación en  el Senado, sea la propuesta en análisis en el Supremo Tribunal Federal, es la Uberización de la fuerza de trabajo, llama la atención Marcio Pochmann, presidente licenciado de la Fundação Perseu Abramo y ex-presidente del Instituto de Pesquisa Económica Aplicada (Ipea). La uberización del trabajo forma parte del proyecto de la nueva elite agroexportadora, que mantiene la desigualdad. Esta iniciativa se opone a las propuestas fragmentadas de la parcela de la sociedad que está empleada en los servicios y que está en las calles, explica el economista de la Unicamp en la entrevista a seguir.

CartaCapital: ¿Cómo creció la  tercerización?

Marcio Pochmann: A fines de  los años 1980, inicio de los 1990, la recesión del gobierno Collor y la apertura comercial, expusieron al parque productivo brasileño a la competencia internacional sin condiciones adecuadas. Eso culminó en una reacción de los empresarios tendiente a reducir los costos. La tercerización permitía a las empresas concentrarse en las actividades finales y transferir las actividades-medio, que no tienen relación con la actividad principal. Era el abandono del modelo fordista en el que la empresa hacía todo. El discurso vino de afuera y de la mano de la globalización de los mercados.

CC: La tercerización, según las empresas, aumenta la productividad.

MP: La tercerización aumentó mucho con la desregulación de los años 1990, durante el gobierno Fernando Henrique Cardoso, básicamente como mecanismo de reducción de costos y precarización del trabajo. En ese período, el País no tuvo ganancias de productividad. A partir del año 2000, con un ambiente económico más favorable, hubo una ampliación del sector productivo, con empleos no tercerizados. En los mejores momentos se llegó a entrar a un ambiente de casi pleno empleo.

CC: ¿La recesión  estimula la tercerización?

MP: La tercerización  volvió a ganar espacio en un ambiente recesivo, de fuerte presión sobre los costos de las empresas. El proyecto aprobado en la Cámara y ahora a disposición de los senadores está en las antípodas del defendido por juristas, especialistas, trabajadores y sindicatos, de regular la actividad tercerizada asociándola con la ganancia de la productividad, en vez de la reducción de los costos. La legislación en trámite no es para los tercerizados, es para universalizarla a los no tercerizados. 

 

CC: ¿Cómo ve  esa perspectiva?

MP: Asocio la universalización de la tercerización al proceso de uberización de la fuerza de trabajo en el Brasil. La idea del servicio de taxi desregulado de Uber es privarse, tornar inaccesible el cobro de los impuestos y tributos. El gobierno está preocupado por los fondos públicos para financiar al régimen de jubilaciones y pensiones, pero la tercerización va a implicar menos recaudación para el Estado. Es coherente con la propuesta de relación directa entre el patrón y el empleado. Se descarta al sindicato, no hay regulación. Es una vuelta o retorno al siglo XIX.

CC: ¿Cuáles serían las perspectivas?

MP: Vivimos una fase de reevaluación del proyecto de redemocratización del Brasil de los años 1980. Creíamos que la democracia podría ser una posibilidad de cambio, pero ella no permite eso, toda conquista -después del esfuerzo- fue en vano. De 1981 a 2016 la economía brasileña creció a una tasa del 2% al año en promedio. Eso da un 0,6% per cápita. Estamos en un ciclo de decadencia de la industrialización, que comenzó en los años 1980. Hoy la industria representa apenas el 7% del PIB. Es una larga  fase de decadencia económica, pero también política, de los valores culturales, de las relaciones, de las instituciones, algo mucho mayor. Miramos el corto plazo, lo cotidiano, pero hay un movimiento mayor en eso.

CC: ¿Qué movimiento sería eso?

MP: Los partidos y los sindicatos son vinculados al mundo industrial, pero estamos en una sociedad de servicios, donde hay casi el mismo tipo de relación existente que en una sociedad agraria, sin lazos. La situación no es propicia para los compromisos de mediano y largo plazo. Es una sociedad gelatinosa, no convergente para absolutamente nada. Vea el ejemplo de Campinas, que tuvo una base industrial operaria. Hoy, el 21% del empleo de la clase trabajadora está ligado a diez shopping centers. Es un mundo de servicios. Reúne al trabajador no empleado, colega o socio, que gana en razón de las ventas. También están los asalariados de la limpieza, de la seguridad y el mantenimiento; los vendedores de las tiendas de marca; de Mc Donald’s; y de los cines. No tienen nada que los una, circulan bajo el mismo techo sin diálogo, no son compañeros, no son colegas. El shopping es un agregado de emprendimientos sin identidad. Es la situación pos-moderna, de la fragmentación socio-económica. Muy diferente a la situación de la fábrica. Los trabajadores no se conocen, pero allí está la figura del dueño o del director-general, que define el salario.

CC: ¿Cuál sería la alternativa?

MP: Estamos ante una crisis de proyecto de la sociedad brasileña. Está el camino de la elite dirigente, anclado en un proyecto primario-exportador proveniente del pasado. La fracción nueva de esa elite está -en parte- en el Centro-Oeste y en el interior del Nordeste, donde se localiza buena parte del 30% de los municipios brasileños que creció más del 7% al año por el auge del agro-negocio. Esa elite no existía hasta los años 1980, es el resultado de las opciones que el País hizo, del ajuste exportador, de la valorización cambiaria, de la inversión pública en las investigaciones de la Embrapa (Empresa Brasileña de Pesquisas Agropecuarias). Hay un éxito ahí, pero apunta a un rumbo que no es el de una nación desarrollada, sino a un Brasil que reproducirá las desigualdades. Es un proyecto que no genera riqueza suficiente para repartir de forma digna, justa. En contrapartida, hay otro costado del País, urbano y dependiente de los servicios. Ahí existe la posibilidad de formación de otra mayoría, que hoy no se identifica  con los partidos y sindicatos, depende de la eficiencia del Estado y demanda servicios decentes y ética en la política. Ese grupo está en las calles, tiene una crítica y se manifiesta, pero eso no se traduce en liderazgo, proposiciones, en una institución que pueda dar cuenta de esa realidad. No consigue converger en un proyecto. Existe, por lo tanto, el embate de esos dos proyectos, en disputa, para superar el viejo modelo, que está en crisis.

*Publicado originalmente na edição 919 de CartaCapital, com o título “Trabalho modelo uber”. A grande eminência”. 

Traducción Amersur

 

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