La reforma laboral nos lleva al fondo del abismo

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Por Luiz Gonzaga Belluzzo

Publicado en Carta Capital 24-5-2017

 

Los cambios en la reforma laboral intensificarán la inseguridad social y económica

La victoria de Macron en las elecciones presidenciales francesas fue saludada con júbilo por los mercados financieros. El presidente electo promete una política económica de derecha y una política social de izquierda. En el menú de la política económica “de derecha”, figura con altivez la reforma laboral. El propósito de Macron es el mismo que invoca el empresariado brasileño: modernizar las relaciones de trabajo para impulsar la competitividad y hacer frente a los desafíos de la globalización.

En los últimos 40 años, las prácticas financieras y las innovaciones tecnológicas que sustentan la competitividad de la gran empresa globalizada detonaron un terremoto en los mercados de trabajo. La migración de las empresas para las regiones donde prevalece una relación más favorable entre productividad y salarios abrió el camino para la diminución del poder de los sindicatos y del número de los trabajadores sindicalizados.

Asociados a la robótica, a la nanotecnología y a las tecnologías de la información, los mandos de la financiarización y del “valor del accionista” desataron intensos impulsos de reingeniería administrativa y de flexibilización de las relaciones de trabajo. El desempeño empresarial se volvió rehén del “corto-placismo” de los mercados financieros y de la reducción de costos.

El crecimiento de los trabajadores a tiempo parcial y a título precario, sobre todo en los servicios, fue escoltado por la destrucción de los puestos de trabajo más calificados en la industria. El aumento del subempleo y de la precarización endureció las condiciones de vida del trabajador. La evolución del régimen del “precariado” constituye relaciones de subordinación de los trabajadores de los servicios, independientemente de la calificación, bajo las prácticas de la flexibilidad del horario, que vuelven al trabajador “un objeto” permanentemente disponible.

El ex-secretario de Trabajo de los Estados Unidos, Robert Reich denunció el rápido crecimiento de los empleos precarios en el país de las oportunidades: “En la nueva economía “participada”, pero “de palabra”, o ‘irregular’, el resultado es la incertidumbre respecto a los ingresos y horas de trabajo. Esta es la mudanza más importante en la fuerza de trabajo norteamericana a lo largo de un siglo y esto ocurre a la velocidad de  la luz. En los próximos cinco años, más del 40% de la fuerza de trabajo norteamericana estará sometida a un empleo precario”.

La financiarización y la robótica destruirán puestos de trabajo calificados en la industria, multiplicarán el subempleo y la precarización y endurecerán las condiciones de vida de millones que antes obtenían una remuneración regular

Ya mencioné en esta columna los libros The Jobless Future, de Stanley Aronowitz, y The Precariat, de Guy Standing.  Aronowitz estudia las transformaciones en el mercado de trabajo y establece la distinción entre trabajo y empleo. Según su opinión, conseguir trabajo se vuelve más duro y exigente  para un segmento importante de la población y los empleos seguros tienden a desaparecer en el largo plazo. Los empleos que proporcionan jubilaciones y pensiones, seguro de salud y otros, están en extinción. Con esos “privilegios”, va envuelta o mezclada la esperanza de una remuneración más generosa, a medida que el trabajador avanza en la carrera.

Guy Standing hace una distinción crucial entre la habitual inseguridad de los asalariados y el surgimiento de una nueva categoría de trabajadores. Standing afirma que la falta de seguridad en el trabajo siempre existió. Pero no es la inseguridad lo que define al precariado. “Los integrantes de ese grupo están sujetos a presiones que los habituarán a la inestabilidad en sus empleos y en sus vidas.”

De forma aún más significativa, no poseen cualquier identidad ocupacional o narrativa de desarrollo profesional. Al contrario del antiguo proletariado, o de los asalariados que están encima en el ranking socioeconómico, el precariado está sujeto a la explotación y a las diversas formas de opresión, por encontrarse fuera del mercado de trabajo formalmente remunerado.

Lo que distingue al precariado y a su trayectoria es la pérdida de derechos civiles, culturales, políticos, sociales y económicos. No poseen los derechos integrales de los ciudadanos que los rodean, están reducidos a la condición de suplicantes, próximos a la mendicidad, dependientes de las decisiones de burócratas, instituciones de caridad y otros que detentan el poder económico.

El problema es, principalmente, el de la inseguridad en la remuneración. Si hubiese políticas sensibles para garantizar una “renta mínima”, podríamos aceptar la inseguridad en el empleo. La inseguridad ocupacional es de otra naturaleza, ya que buscamos desenvolver una identidad ocupacional, y a muchos les agradaría hacer lo mismo.

El desempleo de largo plazo se extendió en los países centrales, sobre todo en Europa. En los Estados Unidos, proliferó la precarización del empleo, fuente de la caída de los ingresos del 40% más pobre y, por lo tanto, del aumento de la desigualdad.

Medidas como la nueva legislación de las tercerizaciones en el Brasil, intensificarán todas las formas de inseguridad social y económica. A esas fuerzas negativas, los desvalidos de la sociedad no pueden responder con la demanda por acciones compensatorias de otros tiempos, porque en los mercados globalizados crece la resistencia de los poderosos y privilegiados a la utilización de las transferencias fiscales y previsionales, aumentando al mismo tiempo las restricciones a la capacidad impositiva del Estado. La globalización, al tornar más libre el espacio de circulación de la riqueza y del ingreso de los grupos integrados y enriquecidos, desarticuló la vieja base tributaria de las políticas de bienestar, erigida en la prevalencia de los impuestos directos sobre la ganancia y la riqueza.

La acción del Estado, particularmente su prerrogativa fiscal, viene siendo contestada por el intenso proceso de homogeneización ideológica de celebración del individualismo que se opone a cualquier interferencia en el proceso de diferenciación de la riqueza, del ingreso y del consumo efectuado por medio del mercado capitalista. La ética de la solidaridad es substituida por la ética de la eficiencia. De esta forma, los programas de redistribución del ingreso, reparación de los desequilibrios regionales y asistencia a grupos marginalizados ha encontrado fuerte resistencia dentro de las camadas “vencedoras y privilegiadas” de las sociedades.

No hay duda de que el nuevo individualismo tiene su base social en la gran clase media producida por la larga prosperidad y por los procesos más igualitarios que prosperaron en la era de predominio del Estado del Bienestar. Hoy el nuevo individualismo encuentra refuerzo y sustentación en la aparición de millones de “emprendedores” tercerizados y empobrecidos, engendros de las transformaciones en los métodos de trabajo que precarizan y, al mismo tiempo, esclavizan.

En una entrevista ampliamente divulgada, un conocido magnate de la industria brasileña defendió a la reforma laboral de que “lo negociado entre patrono y trabajador prevalecerá sobre lo legislado”. En sus elucubraciones, el empresario propició la supresión del horario de almuerzo para los trabajadores como fórmula eficaz para impulsar la productividad. La feliz criatura de la libre negociación debe manejar la máquina con la mano derecha, mientras saborea un sandwich (de mortadela?) con la izquierda. Bienvenida la modernidad.

Aparentemente, los brasileños viven una situación histórica en que la “gran transformación” ocurre en el sentido contrario al previsto por Polanyi (1980): la economía trata de liberarse de las cadenas de la sociedad. La reforma laboral y previsional sugiere que la sociedad está galanteando con las hazañas de la “economía del Malestar”.

La acción del Estado es vista como contraproducente por los exitosos e integrados, pero como insuficiente por los desmovilizados y desprotegidos. Estas dos percepciones convergen en la dirección de la “deslegitimación” del poder administrativo y en la desvalorización de la política.

Traducido por AmerSur

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