Brasil: puente hacia el pasado

Créditos da foto: reprodução publicada en Carta Maior 19/04/2016Créditos da foto: reprodução publicada en Carta Maior 19/04/2016
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Los que recomiendan sacrificios a sus connacionales, son los que fugan sus capitales a los paraísos fiscales.


 

Por Luiz Gonzaga Belluzzo – Gabriel Galípolo

Publicado en Carta Maior 19-04-2016

Los partidarios del impeachment prometen reavivar un programa económico con validez o legitimidad vencida. Tales ideas empujan al Brasil -de nuevo- a la condición de exportador de commodities. Sus neuronas emiten certezas propias  de los maníacos-obsesivos: todos los males se terminan con el fin de este gobierno.

Cosmopolitas desconectados del resto del mundo, presentan las recomendaciones que comandaban las políticas sociales y económicas desde los años 80 del siglo XX. Los remedios están con la fecha de validez vencida y la caducidad ocurrió aún antes de la Gran Recesión de 2008.

La polarización entre el individualismo xenófobo de Donald Trump y el socialismo democrático de Bernie Sanders y las manifestaciones contra la reforma laboral que tomaron las calles en Francia, atormentan al mundo desarrollado.

Esos desasosiegos acompañan  a los escándalos de los Panama Papers, otrora disimulados o encubiertos por el epíteto de “planeamiento tributario”, y las dificultades en sacar del atolladero a las economías de dinero abundante vertidos en los ductos del quantitative easing (expansión monetaria cuantitativa). Son los acordes finales de la sinfonía inspirada en las adaptaciones melódicas del inicio de los años 80.

La “reestructuración conservadora” preconizaba la reducción de impuestos para los ricos “ahorradores” y la flexibilización de los mercados de trabajo.

Los “reformistas” acusaban a los sistemas de tributación progresiva de desestimular el ahorro y debilitar el impulso privado a la inversión, en cuanto los sindicatos se obstinaban en “perjudicar” a los trabajadores al pretender fijar la tasa de salario fuera del precio de equilibrio.

En los mercados de bienes, la palabra de orden era someter a las empresas a la competencia global, eliminando cualquier política deliberada de fomento industrial.

La liberalización de las cuentas de capital permitió arbitrar geográficamente salarios, tributos, tipo de cambio e intereses, desarticulando los nexos nacionales entre inversión, renta y demanda. La desregulación de los mercados de capitales confirió al  fraude el status de ingeniosidad financiera, disfrazado como un vehículo estructurado de financiamiento.

La crisis de 2008 emerge en ese ambiente, forzando a los ya fragilizados Estados a digerir activos financieros podridos, para desintoxicar el balance de los bancos. Una vez metabolizados, esos activos se convirtieron en deuda pública, imponiendo dificultades adicionales a la gestión de la política monetaria y fiscal.

Los eufemismos del lenguaje económico no son capaces de esconder al público el verdadero sentido de sus reglas: menos seguridad  y menos derechos a los trabajadores. Que los viejos trabajen más años y reciban menos dinero cuando se jubilen.

En tanto recomiendan esos “sacrificios”, los bien nutridos “huyen” con sus abundantes ahorros para los paraísos fiscales. La abstención y los impuestos son para los pobres inmovilizados en los territorios nacionales.

En Brasil, los programas económicos y sociales de los “impichadores” (golpistas) permanecen encarcelados en los fracasos del pasado,  provocando la caída del País tropical en el ranking de las economías industriales y retornando a la condición de economía primario-exportadora, como lo demuestra en su último artículo el economista Pierre Salama.

La industria de la transformación que en 1985 tenía una participación del 21% en el PIB, se redujo para el 17% del PIB, en 2003, y 11%, en 2014.

Las tasas reales de interés más elevadas del mundo durante casi todo ese período están asociadas a la inserción internacional de la economía brasileña. En 1994 la fuerte valorización cambiaria redujo la inflación mensual para alrededor del 1%, no obstante amplió el componente que correlaciona la formación de la tasa de interés con la expectativa de desvalorización del tipo de cambio. Así, las tasas reales no pueden ser reducidas abajo de determinados límites exigidos por los inversores para adquirir y mantener en cartera un activo denominado en moneda débil.

No es de hoy que los inversores individuales nacionales operan como no residentes por medio de bancos en paraísos fiscales, los Mossack Fonseca de la vida.

En tanto engorda los retornos de los “inversores”, la combinación entre intereses elevados y tipo de cambio bajo carcome a la industria. El Brasil de la desindustrialización reproduce la trayectoria de Père Goriot, el personaje de Balzac que vendió la fábrica de pastas para enriquecerse con la deuda pública. Murió arruinado en una pensión en la compañía de Rastignac y Vautrin, después de ser esquilmado por las hijas seducidas por la alta sociedad parisina.

La industria brasileña se desplomó por los intereses altos y el tipo de cambio valorizado. Ya la deuda bruta del sector público que en 1994 representaba 30% del PIB y, en 2003, alcanzó el 58%, igual nivel presentó en 2014, saltó en 2015 para el 66% del PIB.

El desempeño de superávits primarios entre 1997 y 2014 fue incapaz de alterar esa dinámica, fuertemente influenciada por los gastos en intereses de la deuda pública, que saltaron de 27 billones de reales, en 1994, para los 500 billones, en 2015.

A pesar de la desarticulación del sistema industrial, con repercusiones extremamente dañosas para nuestra economía, las políticas sociales de los últimos años promovieron la mejora de la calidad de vida en una parte significativa de la población. El ingreso medio del trabajador creció 14%, entre 1993 y 2002, y 58% de 2002 a 2014.

El Pnad  (Pesquisa Nacional por Muestra Domiciliaria) calculaba 22 millones de individuos extremamente pobres en Brasil en 1995. Ese número se elevó a los 26 millones, en 2003, y cayó para los 8 millones, en 2014. En 1995, el número de pobres en Brasil era de 51 millones. Subió para 61 millones, en 2003, y cayó a 25 millones, en 2014.

La sociedad brasileña no es más la misma. A pesar de que los espacios de información y formación de la conciencia colectiva estén ocupados por aparatos comprometidos con la fuerza de los más fuertes y controlados por la hegemonía de las banalidades del discurso del dinero y los poderes de las finanzas, los millones que ascendieron socialmente en los últimos años no aceptarán retroceder pacíficamente a la posición en la que estaban.

Traducción: AmerSur

 

 

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