Lenin más allá del mito

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Reseña publicada en Carta Capital sobre la Vida y Obra de Lenín del historiador Luiz Alberto Moniz Bandeira


Por Nirlando Beirão 

Moniz Bandeira narra la epopeya bolchevique con una mirada sin estereotipos para su líder

La vida de Vladimir Ilyitch Ulianov tomó un nuevo curso, a los 17 años, con la muerte de su hermano mayor, Aleksandr. Estu­dian­te universitario, lector de Marx, Aleksandr fue arrestado cuando caminaba por la Avenida Nevsky, el amplio bulevar de San Petersburgo, cargando un insospechado, pero voluminoso, Diccionario de Medicina.

La policía secreta de Alexandre III andaba especialmente alerta después el atentado que matara, el día 1º de marzo de 1881, al antecesor del zar, su padre Alexandre II. El volumen estaba hueco. Dentro de él, había dinamita y cápsulas de estricnina.

El mayor de los Ulianov formaba parte de la organización Narodnaia Volia (Libertad del Pueblo), que, en el enfrentamiento con la autocracia de los Romanov, no veía otra salida que el terrorismo. Afirmaba: “Un Alexandre después otro”.

Pese a que el primogénito de los hermanos Ulianov no era el líder de la conspiración, asumió toda la responsabilidad. Su madre lo apoyó: “Coraje, coraje”, le gritaba al prisionero, ubicada detrás de las rejas. Aleksandr fue ahorcado el 5 de mayo de 1887, en la Fortaleza Schlusselburg.

Fue en esa cantera de cultura revolucionaria que floreció el futuro Lenín. Pero Volodia – su apodo familiar – era bien diferente de su hermano. Tenía su misma energía, pero era alegre, sarcástico,  impulsivo (el padre decía que era un cabeza dura). A pesar das dificultades de vida de la familia de clase media laboriosa, Lenín era tierno y afectuoso.

En la escuela fue un alumno ejemplar, “aplicado, cuidadoso, siempre al frente de su clase, medalla de oro por su actuación y conducta”, como escribió, en 1887, su maestro Fiodor Kerenski. Por ironía, el viejo profesor era el padre de aquel Kerenski que el alumno Vladimir y sus compañeros bolcheviques derrocarían del gobierno 30 años más tarde.

La biografía de Lenin sufrió los ajustes ideológicos tanto de los desafectos como de los propios correligionarios.

Lenín quedó encerrado en un lugar común que lo describía como un revolucionario que sólo pensaba en la revolución. Como decía, con visible exageración, el menchevique Pavel Axelrod – “Lenín, incluso cuando duerme, sueña con la revolución” –, era un líder iluminado o un oscuro fanático, que olvidaba la dimensión humana e intelectual para quién la teoría y la práctica se funden – “y la vida y obra se confunden”, como recuerda el historiador Luiz Alberto Moniz Bandeira, en la biografía ahora relanzada.

El hombre de acción no eclipsaba al pensador, que escribió, a lo largo de tres décadas de militancia, más de 10 millones de palabras en incontables libros de reflexión, adoctrinamiento y activismo.

La consistencia analítica de una obra esclarecedora como la de Moniz Bandeira, de iniciación educativa, aunque minuciosamente investigada, sin las cadenas de la ortodoxia y sin la soberbia de la pretensión, escrita por un intelectual marxista que admiraba a Lenín sin haber sido nunca leninista, que admiraba a Trotski sin haber sido nunca trotskista y que consideraba a Stalin un serial killer, ayuda a entender la fecunda durabilidad de esta biografía – así como del enciclopédico O Ano Vermelho: A Revolução Russa e seus Reflexos no Brasil, de vuelta en las librerías medio siglo después de su primera edición.

Moniz Bandeira murió en Alemania, en noviembre, a los 81 años, y las dos reedi­ciones reparan la injusticia de ser un historiador y pensador más conocido en el exterior que en su tierra natal donde sus antepasados echaron raíces desde los orígenes de la colonización.

El bahiano Moniz Bandeira era descendiente de Garcia d’Ávila y la trayectoria de la familia, hasta la independencia, le inspiró O Feudo – A Casa da Torre de Garcia d’Ávila. El pionero Caramuru también está enraizado en la genealogía del escritor.

La trayectoria de esta biografía de Lenin tiene huellas de las peripecias persecutorias experimentadas por el biógrafo. Por encomienda de la Editora Paz e Terra, Moniz Bandeira comenzó a escribir en el año 1968, cuando la contumacia política brasileña provocó la trágica censura, resultado del entonces vigente Acto Institucional 5 (AI-5).

El autor ya estaba acorralado por sistemáticos interrogatorios y un proceso punitivo que resultó en su prisión preventiva (luego derogada). Leonel Brizola, ya en el exilio, era reo en el mismo proceso. O Ano Vermelho, lanzado en plena dictadura militar con alboroto en los campamentos de la izquierda, sólo arrojará aún más combustible en la desconfianza de los inquisidores.

Lenín fue enviado a la imprenta en las vísperas del AI-5. Los originales fueron requisados y el libro tuvo que esperar diez años para ser publicado. La dictadura encarceló a Moniz Bandeira durante dos años y, incluso absuelto, el escritor estimó más prudente ir a trabajar al exterior.

El nomadismo fue igualmente la fatalidad de Volodia. Los Ulianov, luego de la muerte del hijo revolucionario, trataron de protegerse del estigma político, dejando la capital del Imperio Ruso, refugiándose en Kazan, la tierra natal del padre.

Era una ciudad de 100 mil habitantes y, considerada la capital de Volga, mucho más oxigenada políticamente que la sede de los Romanov – y de su policía secreta. En una manifestación, Vladimir acabó preso. “Por qué usted se rebela, joven?”, le preguntó el comisario. “No ve la muralla que existe enfrente suyo?” “La muralla, sí.” “Pero se está balanceando y va a caer”, retrucó el joven estudiante.

Ya estaba inoculado por el virus del socialismo. A partir de la última década del siglo XIX, su vida alternaría entre tentativas frustradas de estudiar legalmente y el sumergimiento clandestino en la literatura marxista, sucesivas prisiones, el destierro en la Siberia juntamente con su compañera Nadezhda Krupskaya e intensas discusiones acerca del socialismo adaptable a un país agrario, autocrático y atrasado como la Rusia zarista.

Luego viviría también la etapa del exilio, preámbulo para la consolidación del movimiento, después partido bolchevique. A su regreso a Petrogrado, acontecen la invasión del Palacio de Invierno, la caída del gobierno provisorio burgués y la instauración del régimen socialista, según la costumbre rusa.

El debate ideológico fue intenso y en éste, Vladimir Ulianov, ahora encubierto bajo el “nome de guerre” Lenín, se destacó por su conocimiento y sensibilidad. Antes, ya había percibido que la dinamita de los terroristas no llevaría la lucha adelante. La social-democracia avanzaba a través de las hendiduras de la represión feroz.

El proletariado comenzaba a crecer, los campesinos, empobrecidos, huían para las ciudades en busca de empleo en las fábricas y Lenín vio en los trabajadores urbanos – no en el campesinado, como imaginaban los narodniki (populistas) ­– al motor de la Historia y al sostén,  del régimen que, con sudor y sangre, despuntaba en el horizonte.

 Así pensaba también Georgi Plekhanov, uno de los interlocutores marxistas que Lenín respetaba. “La Revolución Rusa no puede vencer sino como revolución proletaria”, proclamó Plekhanov. “No hay ni puede haber otra salida.”

La admiración del biógrafo por el biografiado y por la transformación política que este desencadenó, la notable revolución del siglo XX, con reflejos en el mundo todo, no obscurece la convicción del analista de que, sin Lenín, o tal vez incluso con él, aquello también habría decaído.

“Entendí siempre”, escribió Moniz Bandeira en el prefacio, “que el bolchevismo, con base en el centralismo burocrático, en el partido y en la supresión de las libertades políticas por el Poder Soviético, representaba una relación simbiótica del populismo narodniki con el marxismo y, una vez muerto Lenín, germinó el totalitarismo stalinista, elevado a la condición de doctrina.” Con el inadecuado rótulo de “leninismo”.

La pregunta inútil, imposible de ser respondida, es si la revolución hubiese adoptado otro rumbo si Lenín no hubiese sucumbido, aún en plena fase de consolidación del régimen, a una sucesión de derrames, a los 53 años, en enero de 1924.

Su muerte lo llevó a la condición mítica de héroe del socialismo al mismo tiempo que los estereotipos de la Historia colocaron automáticamente en la cuenta de Stalin los desvíos del proyecto proletario. Sea como fuera, quedó evidenciado que Lenin – así como el otro vértice del triángulo revolucionario, Leon Trotski – tuvo divergencias serias (doctrinarias y personales) con aquel que lo sucedería en el comando del partido y del gobierno.

El exilio, oxigenado por discusiones con otros pensadores y activistas de la revolución social, abrirá los horizontes teóricos de Lenín. Él cruzó las fronteras rusas en 1900 con el objetivo ambicioso de unificar a los grupos, facciones, escisiones del socialismo ruso en torno de un programa que diese protagonismo al proletariado y a las masas urbanas.

Suiza, Francia y Alemania estaban en su hoja de ruta. La revolución derrotada de 1905 se había alistado en San Petersburgo, pero, en 1907, ya estaba nuevamente en marcha. En Zurich, convivió con la diáspora de los emigrados. Una misma noche, en el Café Voltaire, se podían reunir figuras como James Joyce, los artistas Wassily Kandinsky y Giorgio de Chirico, y los poe­tas Jean Arp y Guillaume Apollinaire.

Lenín se enriqueció intelectualmente aunque pasó a la posteridad por su papel primordial de estratega y líder carismático. El rol de intelectual sofisticado quedó reservado a Trotski, el cual, mientras tanto, puso las manos en la masa, en especial en la tarea de constituir el Ejército Rojo para enfrentar a los invasores extranjeros.

A Stalin el reduccionismo histórico le reservó la imagen de bigotudo cruel  e implacable, a quién le correspondió la pesada carga de la Real Politik de un régimen sitiado por los enemigos.

Cuando Lenín desembarcó en la Estación Finlandia, en abril de 1917, la divergencia con Stalin y los otros editores del Pravda se ensanchó. Los dirigentes partidarios “insistían en la vieja palabra de orden de la dictadura democrática de obreros y campesinos”, narra Moniz Bandeira, y se inclinaban por el apoyo condicional al Gobierno Provisorio de Kerenski.

Aún se consumían en la idílica fantasía de una coalición de poder, como el propio Lenín admitió cuando se produjo el levantamiento de 1905. Ahora, no: el líder no quería una alianza con los mencheviques. Acusó a la coalición  social-demócrata de pretender manipular a las masas, refrenarlas, domesticarlas, pero no liberarlas.

La convivencia con Stalin se tornó penosa, al punto que Lenín decidió incluir un anexo a su testamento, un año antes de morir: “Stalin es demasiado rudo y ese defecto, perfectamente tolerable en las relaciones entre comunistas, es intolerable en el puesto de  secretario-general. Propongo, por lo tanto, a los camaradas que vean el modo de retirar a Stalin de ese puesto y designen otro hombre que lo supere en todos los sentidos, esto es, que sea más paciente, más leal, más afable, más atento con los camaradas y menos caprichoso”.

En marzo de 1923, Lenín le escribió a Stalin amenazando con “romper todas las relaciones personales”. El designado burócrata había cometido una grosería con la Krupskaya. Lenin no le perdonó la afrenta. Incluso un revolucionario, en el calor de la lucha, no puede despreciar las reglas más elementales de la caballerosidad.

Publicado en Carta Capital 26-12-2017

Traducción AmerSur

 

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