El impacto regional del impeachment a Dilma. La sombra de Brasil

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Los procesos políticos regionales son tan interdependientes como sus procesos económicos. El desplazamiento de Dilma refleja la voracidad de los sectores económicos y mediáticos que resisten la ampliación de derechos sociales de la última década.


Por Diana Tussie *

Publicado en Cash  5 de junio de 2016

 

El proceso de impeachment a la presidenta Dilma Rousseff es una amenaza seria para la región. El escándalo desatado por las revelaciones que llevaron a la caída de dos efímeros ministros, Romero Jucá y Silveira, deja al descubierto el elemental objetivo del impeachment. Más allá de su crudeza, se promueve un cambio radical de proyecto de país sin que medie una elección. Sustrae a la soberanía la decisión sobre quién gobierna, la quintaesencia de la democracia. El gabinete no solo está compuesto por ministros investigados por corrupción sino que denota un despiadado regreso a la política oligárquica de Brasil, sin siquiera un mínimo de cuidado por las formas, como lo muestra la imposición de un gobierno por la fuerza, destinado a barrer treinta años de conquistas.

Brasil no es un país más de la región. Por su tamaño y la gravitación de su economía, es la mitad de la región. Su preponderancia fue un permanente objeto de estudio que pasó por una serie de virajes a lo largo de la historia más reciente. Si en los setenta Ruy Mauro Marini concebía el papel de Brasil como “subimperialismo”, recipendiario de reglas a ser extendidas regionalmente, en los ochenta se catalogaba al país y su vocação de grandeza como “potencia media”. En la última década pasó a ser el gran “líder regional” que pudo motorizar consensos sobre políticas sociales y económicas a escala regional. Eso fue ayer nomás. El impeachment de Dilma, a velocidad de vértigo, fuerza a un repliegue en el protagonismo de un gigante que había comenzado a sostener y liderar procesos de reforma y normas regionales y globales. Es una amenaza a los consensos conseguidos y en particular el consenso democrático que imperó desde el fin de la guerra fría. Este consenso no emergió dentro de cada país en forma aislada, sino que fue un amplio movimiento a escala regional, en el que también estuvo la mano de Estados Unidos, vinculado tan íntimamente a los golpes de Estado. Sin embargo, hoy “los mercados” vuelven a estar nuevamente impacientes con los resultados del juego democrático.

Es cierto que Michel Temer, presidente interino, no logra una cálida recepción ni adentro ni afuera. Entre sus vecinos, solo Argentina su principal socio regional, recibió hasta ahora al canciller interino y expresó su conformidad con el proceso. Los gobiernos de Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y El Salvador califican la situación como un golpe de Estado. Mientras El Salvador retiró su embajada, Maduro calificó el proceso contra Rousseff de “injusto, ilegal, apresurado, desproporcionado”. Así el país que había ayudado a prevenir golpes en Bolivia, Ecuador, Venezuela, Honduras, Paraguay, va quedando solo. Desde el punto de vista de la diplomacia, la reacción más llamativa fue el largo silencio de Estados Unidos, Colombia, Chile y Uruguay.

Luis Almagro, ex canciller de Uruguay y secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) apoyó inequívocamente a Rousseff en las últimas semanas, e incluso viajó a Brasilia para mostrarle su respaldo. Esta demostración desde la OEA, normalmente tan cautiva de los intereses geopolíticos de Estados Unidos, es en sí misma llamativa y demuestra la reconfiguración política regional de la última década. Almagro había anunciado su intención de consultar a la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre el proceso de impeachment que “genera dudas e incertidumbre jurídica”, según sus propias palabras. Sin embargo, tras la votación que apartó a Dilma, debió guardar silencio sobre la situación de un miembro clave del organismo que dirige.

La gran transformación de Karl Polanyi resuena en el devenir del presente. Los procesos políticos regionales son tan interdependientes como sus procesos económicos. Con el desplazamiento de Dilma salta sin tapujos a la palestra la voracidad de los sectores económica y mediáticamente más poderosos, con evidente apoyo “de los mercados” que ven los derechos sociales alcanzados en la última década como un estorbo o incluso una amenaza a sus intereses. Al día siguiente de la destitución los mercados cerraron con una suba del 9,2 por ciento.

La larga década pasada estuvo íntimamente relacionada también al proceso de transición hegemónica a nivel global, el ascenso de China, su creciente presencia en América del Sur, y la paralela posibilidad de cierta autonomía regional que culminó en el No al ALCA en la Cumbre de Mar del Plata en noviembre de 2005, el pago al Fondo en diciembre del mismo año y al poco tiempo la creación de la Unasur. La línea se vio sacudida a partir de 2012 cuando la crisis mundial comenzó a impactar en China e incidir en la región. Si bien el proceso de transición hegemónica sigue en marcha a nivel global, el camino está lejos de ser una línea recta.

Las instituciones que más se reconfigurarán con el desplazamiento de Dilma son la Unasur y el Mercosur, ambas organizaciones articuladas precisamente para consolidar y retroalimentar los derechos sociales en la última década. Por un lado, el Instituto Suramericano de Gobierno en Salud con sede en Río de Janeiro y motorizado mayormente por Brasil logró reformular los contornos de la política regional, más allá de los tradicionales objetivos de mercado, alrededor de principios de solidaridad, soberanía sanitaria y autonomía regional. Del mismo modo el Mercosur, en un giro de época se conformó como una herramienta para impulsar tanto la economía solidaria como amplios derechos sociales y económicos. Se había configurado un regionalismo post hegemónico.

José Serra, el nuevo canciller de Brasil, argumenta que el Mercosur, en tanto unión aduanera, supone un menoscabo a la soberanía del Brasil. Calificó el proyecto como un “delirio megalómano” y se burló de la adhesión de Venezuela y Bolivia, “esas potencias económicas”, según sus palabras. Serra ya hizo saber que reorientará radicalmente la acción diplomática de Brasil enfocada desde la presidencia de Lula en América del Sur. Para Serra será fundamental mostrar resultados rápidos en tanto parece querer que su tiempo en el cargo sea el trampolín para una nueva candidatura presidencial.

Luego de una larga década de mejoras sociales en nuestros países y de grandes esfuerzos por recuperar una identidad regional, con el retorno al poder de los principales beneficiarios de la aun altísima desigualdad social, se puede observar hoy un cambio crucial en la relación entre la economía y la sociedad. Tampoco este proceso será una línea recta, como muestran las penurias de Temer.

* Conicet y Flacso Argentina.

 

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