LAS DIFERENCIAS ENTRE LA GEOPOLÍTICA ESPAÑOLA Y LA PORTUGUESA TRAS SU ENCUENTRO CON EL NUEVO MUNDO

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Resumen: El objetivo de este ensayo consiste en presentar los rasgos característicos tanto del imperio español como del imperio lusitano, tras su encuentro con los pueblos asentados en las tierras del Nuevo Mundo. Esto mismo nos permite identificar algunos aspectos de prominentes imperios como lo fueron el Azteca, el Inca, pero también un tercero, muy relevante en el continente, pero poco estudiado desde el enfoque geopolítico como lo fue el Chibcha, ubicado sobre los actuales territorios de Colombia y Venezuela. Asimismo, se trata de un análisis que nos permite dilucidar los criterios geopolíticos que implementaron no sólo los exploradores españoles, sino también los lusitanos sobre el espacio de conquista del Brasil, cuya evolución territorial a través del tiempo, dará como resultado la conformación de un impresionante heartland, ubicado en la América del Sur.


 Dra. María del Pilar Ostos Cetina

Académica e investigadora del CESNAV

10 de junio 2016

La conquista de un “Nuevo Mundo”: Botín de una competencia transoceánica

Al indagar sobre los primeros exploradores que arribaron al llamado Nuevo Mundo, hoy América, aparecen marinos y piratas de origen griego, fenicio, romano, indonesio y hasta chino, quienes se aventuraron a través de las aguas del Atlántico, es decir del “mar océano”, en busca de otras aprovisionamientos y nuevas rutas comerciales antes que los portugueses y los españoles se decidieran en pleno auge del mercantilismo[1].

Se trató de un momento clave en el que los expedicionarios ibéricos, particularmente los portugueses,  colocaron a prueba la resistencia de sus barcos  con la finalidad de transitar sobre la ancha vía del Atlántico, guiados por los recursos cartográficos que conservaron celosamente; al igual que lo hicieran los escoceses con el propósito de emprender –expediciones que pudieron haber tenido por objeto encontrar nuevas tierras-, seguramente donde los miembros de los templarios pudiesen considerarse a salvo, lejos de sus poderosos perseguidores como eran en ese momento el Papado y  Felipe IV, Rey de Francia[2].

Eso explica que en medio de la persecución incesante a la que fueron sometidos los miembros de la orden templaría, concentrada mayoritariamente en el territorio francés,  buena parte de ellos tuvieron que desplazarse a lo largo y ancho del continente europeo en busca de un lugar confiable y que no sería otro que Portugal.  Convertido en una especie de puerto seguro, auspiciado por el Rey Alfonso IV (1325-1357), quien fuera Gran Maestre de la orden templaría  y promotor del envío de algunos barcos expedicionarios en dirección al Atlántico; siendo esta una práctica que prosiguió su hijo, el príncipe Enrique el Navegante (1394-1460), heredero de esta connotada tradición marítima lusitana[3].

Así, Portugal se convertiría en uno de los más destacados reinos de entonces a partir del predominio de su flota, surcando los mares del mundo. Pero, particularmente los del continente africano en lugares como Namibia y el Congo, convertidos en un auténtico botín para la corona lusitana de la cual se extraían importantes dividendos obtenidos de la comercialización de esclavos, oro, marfil y especias, lo que a la postre contribuyó a la profesionalización de sus navegantes, pero además al perfeccionamiento de sus embarcaciones transoceánicas como fue el caso de las famosas carabelas.

En medio de este connotado prestigio de los lusitanos, el entonces navegante de origen italiano, Cristóforo Colombo, en castellano Cristóbal Colón, se propuso convencer al rey Joao II de Portugal para efectuar la financiación de un ambicioso proyecto que le llevaría a transitar por las aguas occidentales del Océano Atlántico hasta alcanzar la isla de Cipango (Japón) en el Oriente.  La idea resultó interesante, pero poco convincente en términos financieros, más aún cuando en opinión del rey Joao II,  Colón  no era más que “un gran hablador, muy vanidoso al alardear de sus virtudes, y exagerado al fantasear e imaginar su isla de Cipango”, por lo que no tardaría en rechazar su propuesta; no obstante que, de forma secreta, el rey decidiera enviar sus propias embarcaciones hasta las islas Azores con la finalidad de constatar la vialidad de explorar nuevos destinos, allende del amplísimo mar Atlántico[4].

¿Cipango o un nuevo continente?: la quimera de Colón

 Lo anterior no fue más que uno de varios intentos por acercarse de manera real y permanente a nuevas tierras, provistas de incalculables tesoros, siguiendo las rutas que los anteriores marinos habían trazado en sus mapas; todo esto con la finalidad de alcanzar de forma expedita los aprovisionamientos básicos para todo el conjunto de los reinos que conformaban la Europa de la época. Lo anterior en medio de un crecimiento exacerbado de su demografía, aunado a los gustos cada vez más refinado de sus élites, quienes demandaban toda clase de materias primas y de metales preciosos, lo mismo que de alimentos y especias, destinadas estas últimas a la conservación prolongada de los víveres y comestibles[5].

Retomando la vida personal de Colón, algunos biógrafos, entre ellos David Hatcher confirman la importancia del casamiento de éste con la portuguesa Felipa Moniz de Perestrello, hija de Bartolomé Perestrello, marino al servicio de Enrique el Navegante.  A partir de esa posición familiar que ocupó Colón, se supone que adquirió gran parte de su habilidad y destreza como marino al lado de los lusitanos, quienes los adiestraron en el manejo de las cartas de navegación, la maniobra de embarcaciones como las carabelas con las que años después, Colón emprendería su viaje hasta toparse con las Indias americanas.

Además de navegante, Colón se destacó también como un hábil comerciante, quien ante la negativa del rey lusitano, se propuso llamar la atención de los reyes de España y de los más acaudalados banqueros, algunos de origen judío, a quienes buscó persuadir para invertir sendos capitales en la que vendría a ser la Compañía de Indias, cuyo principal objetivo se centró en la apertura de nuevos mercados transoceánicos.

A todo esto, el posterior involucramiento de Colón con la realeza española se manifestó además, en su apego a la lengua castellana, que se mantuvo siempre presente en sus escritos y su correspondencia. Siendo el mismo idioma que empleó para bautizar sus primeros hallazgos en América, un ejemplo de ello fue La Española (hoy Haití). Mientras que en lo que respecta a su factible condición como judío, aspecto que se ha buscado mantener de bajo perfil, se asegura que de ser cierto le facilitó en gran medida  su contacto con las personalidades más adineradas e influyentes dentro del imperio español para echar a andar su anhelada expedición con rumbo a otros continentes.

Sobre la cuestión judaica que encierra la vida de Colón, existen algunas otras coincidencias que llaman la atención.  Una de las cuales fue que justo cuando está por iniciar su viaje,  en toda España se comenzó una fuerte persecución animada por la Santa Inquisición con el propósito de expulsar tanto a árabes  como a  judíos, y cuyo ultimátum se dio para el día 3 de agosto de 1492, fecha en la que un día antes zarpó la tripulación de Colón y que al parecer, estaba conformada por un notable número de judíos muy diestros en las cuestiones de la cartografía y la navegación marítima.  Un hecho que con el trascurrir de los años se convierte en otra raíz cultural a considerar, al igual que los árabes, inmersos en la configuración racial de lo que hasta la actualidad somos los hispanoamericanos[6].

El encuentro con las Indias Americanas

Mientras la meta final de Cristóbal Colón en 1492 fue la de arribar en sus tres carabelas a las Indias orientales en dirección al lugar quimérico de Cipango, tomando la ruta más rápida y efectiva por el Atlántico, lo cierto fue que convencido de haberlo logrado tras encontrar tierra firme en aguas del Mar Caribe y no del Índico, su primera expresión frente a los nativos que habitaban aquellas tierras de profundo verdor y exuberancia natural fue la de bautizarlos con el apelativo de –indios- .

A partir de entonces, el territorioindio” recién hallado en ese Nuevo Mundo, que más adelante asumirá el nombre de América, quedó a merced de estos navegantes transatlánticos, quienes se dedicaron a hacer minuciosas y exhaustivas exploraciones en distintas direcciones a lo largo y ancho del territorio recién encontrado.  Situación que con el paso del tiempo ensombreció a los exploradores europeos, quienes quedaron atónitos frente a la incalculable riqueza natural, pero también ante el avanzado nivel de progreso alcanzado por estos pueblos indígenas, los cuales ostentaban una adelantada organización socio-económica,  cultural, científica, religiosa y geoestratégica[7].

Para estos primeros europeos se trató de una frenética, pero también arriesgada búsqueda que los condujo a descubrir prominentes civilizaciones e imperios ancestrales, acaudalados de todo tipo de riquezas naturales; situación que los condujo prontamente a someter a sus líderes aborígenes con la finalidad de dominar cada uno de estos nuevos territorios.

Fue entonces sobre la estructura imperial alcanzada por las más prominentes civilizaciones: la Azteca y la Inca, que los europeos se abalanzaron a la búsqueda de mayores riquezas, afrontando las condiciones climáticas del trópico, todo con la finalidad de atender los rumores de la población nativa, quienes permanentemente hacían mención de algo a lo que denominaban como el “Dorado”.  Esa misma motivación fue la que los llevó hacia su encuentro con un tercer imperio: el de los Chibchas, quienes eran pobladores ubicados entre los actuales territorios de Panamá, Colombia, Venezuela y el norte del Ecuador[8].

Al respecto, cabe resaltar que, a diferencia de los Aztecas e Incas, los Chibchas  no lograron estructurarse como un imperio homogéneo, sino que más bien fueron un mosaico de muchos grupos dispersos, sin un centro político visible y escasamente intercomunicados; complicando así su interacción con los dos imperios vecinos, lo que impidió la creación de un sólido y verdadero puente cultural entre la América precolombina del norte y la del sur, convirtiéndose el imperio Chibcha en un clásico ejemplo de lo que en geopolítica se reconoce con el nombre de Estado tapón [9].

 

A partir de ese primer encuentro que tuvieron los exploradores europeos con el imperio Chibcha, producto de la necesidad de encontrar caminos alternos que aseguraran sus pasos tras las huellas del Dorado; se toparon con un imperio resguardado por la soledad y el anonimato, forjado por las fuerzas de la naturaleza y por el aislamiento de sus pobladores que aparecían dispersos en pequeños núcleos sociales o una especie de guetos dentro de esa geografía dual: la caribeña y la andina.

Precisamente, sobre ese perfil que define al imperio Chibcha, se afirmaron los trazos que delinean la geopolítica del Estado colombiano en sus diferentes momentos y etapas futuras. Todo esto enmarcado en un permanente aislamiento y dispersión de sus centros de poder,  lo que a su vez le impedirán concretar alianzas duraderas, menos aún con sus dos vecinos imperiales: el mesoamericano entre la región del Mar Caribe y  Centroamérica y el incaico comprendido en la región de los Andes.

Ahondando en el desconocido y poco estudiado imperio Chibcha, la experta Sylvia Broadbent opinó que éste bien podría ser considerado como uno de “los tres grandes centros de alta cultura junto con los Mayas-Nahuas y los Incas”[10], el gran problema para su estudio se encuentra, según la misma académica, en la pérdida de fuentes históricas primarias, lo que contribuyó a la desaparición de testimonios y de relatos elaborados por los propios indígenas.  Sin embargo, las fuentes de mayor consulta para este tipo de estudios proviene de la correspondencia y de las crónicas realizadas por frailes y personajes españoles como  Gonzalo Jiménez de Quesada, quienes tras penetrar por el Mar Caribe y descender por la compleja geografía colombiana, lograron llegar hasta al  altiplano cundi-boyacense; considerado el centro político más avanzado de la cultura Chibcha, posteriormente convertido en el centro de las instituciones políticas del virreinato durante la etapa colonial y conservando esa misma características hasta nuestros días.

En esencia, los Chibchas fueron un grupo cultural amplio, integrado por numerosas familias que en la mayoría de los casos se encontraban “unidas” por un elemento en común como fue la lengua, extendida desde el territorio actual de Nicaragua hasta las inmediaciones de la parte norte del Ecuador; siendo esta una amplía acumulación de diferentes tipos de territorios como son los ambientes de montaña, páramos, planicies, llanuras y sobretodo de selvas que tienden, según el geopolítico colombiano, Julio Londoño, al aislamiento en solitario de esta vasta región intermedia entre la parte norte y sur de todo el continente americano.

 En el caso de las principales familias aborígenes que integraban la cultura Chibcha, los estudios sobre el tema señalan que se trató de grupos que vivían aisladamente, derivado de sus propias condiciones geográficas y topográficas ya mencionadas.  Siendo esta una costumbre que tendrían que abatir los españoles, al obligar a los indígenas a mudarse a las aldeas más pobladas, con la finalidad de concentrarlos y de este modo, facilitar su adoctrinamiento y evangelización.   Al respecto, María Victoria Uribe señala que a “los ojos de los conquistadores, la población nativa padeció de una fragmentación política extrema y su comportamiento en general manifestó una gran belicosidad; la única excepción la constituyeron los muiscas habitantes del altiplano cundi-boyacense (en el centro del país), cuyo sometimiento no presentó mayores dificultades”[11].

Por su parte, los pobladores de la región del Caribe, con excepción de la Sierra Nevada de Santa Marta, habitada por los Taironas, acostumbrados a vivir bajo una estructura urbana, suficientemente adelantada a partir de una original red de caminos; convivían en lo general de forma dispersa, teniendo como único medio de intercomunicación y de contacto al curso fluvial del río Magdalena. Asimismo, se trataba de pueblos que sobresalían por su connotada condición física y atlética para resistir las inclemencias del calor tropical y la humedad de la región, al grado de acusárseles de canibalismo, lo que se convirtió en el pretexto por el cual los exploradores foráneos  como los españoles decidieron esclavizarlos y al final exterminarlos[12].

Entre tanto, en la costa del Pacífico habitan pueblos aborígenes dedicados a la pesca, la caza y la agricultura, asentados muy cerca de la línea de los manglares sobre cerros artificiales; cuyas construcciones tenían por objeto aislar a los indígenas de la extrema humedad que hasta la actualidad sigue caracterizando a esta zona, calificada como una de las de mayor concentración de lluvias en todo el mundo.

Mientras que en la región andina, los grupos agrícolas habían logrado una adaptación favorable a las condiciones de la cordillera, asentándose y colonizando los pisos térmicos contiguos con el fin de acceder a productos de distintos climas en otras poblaciones. Esta condición se practicó en los fríos altiplanos de Cundinamarca, Boyacá y Nariño, en la montaña de los Santanderes, en las cordilleras occidental y central y en la Sierra Nevada de Santa Marta; cuya organización en cada uno de estos lugares contrastaba con la de sus vecinos, particularmente en las áreas inferiores de la cordilleras, justamente en los valles cálidos, menos cohesionados y con mayor tendencia al nomadismo como se presentan en las solitarias regiones de los llanos y la amazonia colombo-venezolana.

Entre la resistencia y la sumisión a los colonizadores

Tras el desembarco de la tripulación que viajo junto a Colón a finales del siglo XV a la América precolombina, los integrantes de esta compañía se empeñaron en recorrer cada tramo y rincón de esta magnífica geografía a cambio de tierras, riquezas y de un nuevo status que los diferenciará del pasado que habían dejado atrás en cada uno de sus países de origen.

Bajo esta idea, el propósito de conquista de los territorios precolombinos terminaría por convertirse en una complicada experiencia para los europeos, que además de lidiar con un clima poco usual, la vegetación selvática, la fauna salvaje, los caminos rudimentarios, etc.; los llevaría a establecer toda suerte de estrategias para contrarrestar la presencia de numerosos combatientes indígenas. Comenzando por un uso más racional de sus armas y de sus medios de transporte, destacándose frente a los adversarios locales el empleo de la fuerza de animales como el caballo,  siendo esta una herencia proveniente de los pueblos árabes.

Esto explica las estrategias de expedicionarios como Francisco Hernández de Córdoba y Juan Grijalva a las costas de Yucatán y el Golfo de Campeche en 1517. Pero también de Hernán Cortés y su contingente, el cual se había desplazado desde la isla de Cuba hasta los litorales en Veracruz, para posteriormente avanzar en dirección a la poderosa ciudad de Tenochtitlán en la meseta central. Una tarea de sometimiento bastante ardua para los recién llegados, la cual concluiría con la celebración de la primera batalla naval en el continente, precisamente en las aguas lacustres del Valle de México; otorgándole la victoria a Cortés hasta convertirse muy pronto en gobernador del que durante la colonia adoptará el nombre del Virreinato de la Nueva España[13].

Además de las expediciones en el que más adelante se convertiría en el territorio mexicano, se realizaron otras por toda la región Mesoamericana hasta Castilla del Oro, la actual Panamá, lugar que se convirtió en la plataforma de avanzada de los españoles como Vasco Núñez de Balboa, Sebastián de Benalcázar, Diego de Almagro y Francisco Pizarro, quienes se encargaron de inspeccionar las aguas del Océano Pacífico, con miras a alcanzar nuevas costas, pero también tierras firmes donde localizar por fin el anhelado tesoro del Dorado.

Fue entonces Pizarro, uno de los primeros en solicitar a las autoridades imperiales en España, el envío de armas, pertrechos y más refuerzos para ser empleados en la conquista del Perú.  Su travesía en este territorio se inició en la ciudad de Cajamarca, lugar que acogía a Atahualpa, considerado el máximo líder de los Incas, a quien se le exigió de inmediato someterse a la autoridad imperial de Carlos V, lo mismo que al cristianismo, sin embargo, su negativa a hacerlo lo condujo a morir en la hoguera en el año 1533.

Este mismo hecho terminaría por desatar una marcada resistencia por parte de los súbditos de Atahualpa,  lo mismo que de los pobladores de la capital del imperio en Cuzco, convertida en una auténtica fortaleza para resguardar a otro importante miembro de la realeza inca como fue el caso del Tupac, hermano de Atahualpa, quien al final terminó siendo vencido por las fuerzas de Pizarro, momento culmen que marca el inicio de una nueva organización política bajo el nombre del Virreinato del Perú[14].

Simultáneo a los acontecimientos que marcaron el futuro de los territorios Aztecas e Incas, en el caso del territorio Chibcha avanzaban por tierra setecientos hombres y ochenta caballos siguiendo la ruta paralela que marcaba de norte a sur el curso del río Magdalena. Se trataba de un contingente al mando de Jiménez de Quesada, quien controló de forma certera con arcabuces y ballestas las escasas poblaciones que encontraba a su paso. Mientras eso sucedía por tierra, las flotillas que se habían internado por el río Magdalena habían tenido numerosos problemas como fue el naufragio de varios soldados, la escasez de víveres, la humedad de la zona, las enfermedades ocasionadas por las picaduras de insectos y otro tipo de especies propias de la fauna tropical de la zona; haciendo que se retardara la travesía de los expedicionario en medio del curso de esta complicada arteria fluvial.

De manera que para Jiménez de Quesada y sus hombres, esos mismos que lo acompañaban por tierra tuvieron que seguir su expedición con bastante trabajo, ya que no solamente se encargarían de la apertura de caminos en medio de la espesura selvática, sino que además, se vieron obligados a lidiar con las respectivas consecuencias del desbordamiento del río en medio de prolongados temporales de lluvia.  No obstante, la condición de estos hechos cambió cuando los sobrevivientes de esta travesía arribaron al poblado de “La tora” (Barrancabermeja).  Un sitio donde brotaba del suelo un aceite viscoso, lo que con el tiempo se conocerá con el nombre de petróleo, pero donde además sus pobladores subsistían gracias a los cultivos del maíz y de un tubérculo como la yuca, convertidos ambos en alimentos que evitaron la perdida y  la inanición de un mayor número de vidas entre el contingente español[15].

Una vez que los expedicionarios reforzaron sus aprovisionamientos, marcharon de forma paralela al curso del río Opón, donde vieron una canoa que transportaba a tres indígenas que planeaban huir.  Sin embargo, uno de los ellos fue capturado y entre sus pertenencias  le fue encontrado una manta de colores, al tiempo que una vasija de sal dura y blanda, distinta a la sal de mar, lo que confirmaba entonces la existencia de una comarca fría sobre el altiplano andino con importantes salinas para la sobrevivencia de sus pobladores[16].

A partir de esta noticia, Jiménez de Quesada se mostró cada vez más optimista para atravesar un impresionante corredor de montañas y valles hasta encontrar por fin,  la anhelada “comarca de la sal”[17].  Justamente en la población de Nemocón (Boyacá), lugar donde se había establecido la primera “gran fábrica” de sal y cerámica sobre las frías planicies de la cordillera Oriental, cuyas temperaturas favorecían entre otras cosas los cultivos de papa, trigo, maíz, cebada, algodón y por supuesto de sal, lo mismo que piedras brillosas de color verde conocidas como esmeraldas.

Pero será entonces hasta 1538, cuando estos mismos expedicionarios encontraron por fin el conglomerado indígena más importante, numeroso, rico y organizado de los Chibchas, a quienes les denominaron como “muiscas”.  Se trataba de un apelativo que representaba la relación entre dicha cultura y las moscas, pues salían de todas partes pretendiendo emboscar a los conquistadores[18]. Un año antes de la llegada de los españoles, se estima que los muiscas eran un poco más de 1 millón, organizados en 56 tribus, adscritas a la confederación de los máximos líderes políticos que competían por su permanencia en el poder como fueron los casos del zipa de Bacatá (jefe de Bogotá)  y el zaque de Hunza (jefe de Tunja), siendo éste un sistema en el que cada poblado-estado era miembro de la confederación y por lo mismo, debía toda su lealtad al zipa y al zaque, ofreciéndole tributos y recursos comerciables a cambio de protección y seguridad[19].

Con respecto a la elección de la autoridad política entre los muiscas, los zipas y los zaques se sucedían de tío a sobrino.  El elegido era llevado a un seminario por tres años, donde los xeques (sacerdotes) les enseñaban teología, el arte de interrogar a los astros y deidades de la naturaleza (en especial al sol, la luna, las montañas y el agua), la política de la historia de sus antepasados, y donde se les sometía a un severo ayuno y a la más absoluta continencia. Así, el nuevo soberano era consagrado en una ceremonia especial, una especie de baño ritual en las aguas de la laguna de Guatavita, a donde asistían sus súbditos para ver como su líder era cubierto enteramente de polvo de oro y  sumergido en estas aguas, lo que creaba a la vista de todos la imagen del “hombre dorado”, lo que se convertiría en una fabulosa leyenda que llegaría a oídos de los pobladores más lejanos al lugar, incluyendo a los propios exploradores extranjeros[20].

La dominación del territorio muisca a manos de los europeos no resultó tan duradera, a diferencia de las experiencia de resistencia que se presentó con los Aztecas y los Incas, debido en parte a la escasa cohesión político-militar de los pobladores Chibchas y por supuesto, a la dispersión geográfica y al distanciamiento entre cada poblado con respecto a su principal centro del poder. Eso explica además, los incipientes criterios para el establecimiento de alianzas sólidas y de lealtades duraderas, necesarias en el establecimiento de un óptimo sistema de defensa y seguridad, el cual quedó plenamente registrado en las permanentes rivalidades entre la entidad central de Bogotá (Bacatá) y la del interior, representada en la provincia de Tunja (Hunza).

Lo anterior se convierte entonces en piedra angular del devenir del modelo geopolítico colombiano, caracterizado por esa pugna, aún vigente, entre la capital (Bogotá) que encarna el centralismo y el resto de los departamentos que abogan por un modelo en el que se privilegie la autonomía de las regiones del interior.

El modelo geopolítico portugués en la América del Sur

Al tiempo que los conquistadores, en su mayoría españoles, comenzaron por explorar las islas del Caribe hasta adentrarse a la parte continental que los llevaría a descender de norte a sur, es decir, desde México hasta alcanzar el entramado montañoso de los Andes y proseguir el curso de los ríos hasta alcanzar las tierras comprendidas en el Mar del Plata, en la actual Argentina.  Muy cerca de ahí, los portugueses con Pedro Álvarez Cabral, se preparaban para explorar el territorio de Santa Cruz en 1500, al cual posteriormente bautizarían con el nombre del Brasil[21].

Bajo estas circunstancias, la América en aquel tiempo se convirtió en una especie de tablero de ajedrez, en el que sus dos principales competidores: España y Portugal, emplearon todo tipo de estrategias para obtener el control no sólo territorial de las nuevas colonias, sino también el dominio de las rutas marítimas, los mercados y los productos que potenciarían su economía y por ende, su posición hegemónica en Europa y en el resto del mundo conocido hasta entonces.

Justamente esa competencia, que se inició en el siglo XV entre los lusitanos y los españoles, definió el juego de alianzas que mantendría polarizados a los reinos europeos, entre aquellos que compartían un interés en común como fue el caso de los Estados pontificios (Italia) y España, en oposición a los vínculos entre Portugal e Inglaterra.  Pero esa rispidez a la que llegaron las relaciones entre los reinos de la península ibérica, los obligó en su momento a optar por la vía diplomática para dirimir tales diferencias en torno a las posesiones en el Nuevo Mundo.

En ese sentido, el mediador o arbitro en este diferendo fue la Iglesia Católica, en cabeza del papa aragonés Alejandro VI, quien emitió la bula inter caetera o bula de partición (1493), que se encargó de establecer -sin mucha precisión- las líneas geodésicas (sobre meridianos y paralelos) que autorizaban, en este caso a España, a tomar posesión de “todas las islas y tierras firmes, descubiertas o por descubrir, situadas a 100 millas al Oeste del meridiano de las islas Azores y Cabo Verde”; situación que a su vez favorecía que territorios como el brasileño hicieran parte de las nuevas posesiones del reino de Castilla[22].

Obviamente, las reacciones desde Portugal no se hicieron esperar.  El entonces rey Juan II rechazó el cumplimiento de esta Bula y, tras exhaustivas negociaciones diplomáticas se logró la firma de un nuevo tratado que tomaría el nombre de la población castellana de Tordesillas, el 4 de junio de 1494, en el cual se acordó que el límite de las posesiones ultramarinas de los reinos de Castilla y Portugal pasarían por el meridiano situado a 370 millas al Oeste del archipiélago de Cabo Verde.  El establecimiento de este meridiano determinaría que el límite de las posesiones en América del Sur se iniciaba en la boca del río amazonas a la altura de la actual ciudad de Belén (Brasil), y se prolongaría hacia el sur hasta el lugar donde se encuentra el llamado puerto de la Laguna[23].

Aparentemente, una vez ratificado por ambas partes el Tratado de Tordesillas, el dominio de los portugueses en América correspondería a un segmento muy reducido del actual territorio brasileño que no incluía el Amazonas, ni el centro oeste, ni el extremo sur. Sin embargo, la realidad era otra, ya que de acuerdo con Therezinha de Castro, quien realmente ocupó la posesión más insignificante y menos importante fue España, puesto que el tratado favoreció ampliamente a los lusitanos al adjudicarles menos tierras en América, pero mayor control del Atlántico o del Mar Océano, que representaba a su vez su supremacía en África, pasando por el Índico hasta llegar al Pacífico, tal como se ilustra en el siguiente mapa[24].

Al respecto, Leopoldo González Aguayo explica que el modelo geopolítico de los portugueses se fundamentaba en hacer “converger dos grandes líneas de fuerzas en ´L´, proyectadas sobre la mayor parte del Atlántico y la totalidad del Índico”.  Entre tanto, la concepción geopolítica de la España imperial se proyectaba en forma de “cruz”, justamente a partir del eje vertical que atravesaba a América desde Alaska hasta Chile, desplazándose especialmente por el lado o la vertiente americana del Pacífico, mientras el eje oriente-poniente, se extendía horizontalmente desde Filipinas hasta las Canarias, a través de la parte más ancha del Pacífico, al tiempo que penetraba y cruzaba todo el Atlántico, a la altura del Caribe”, consolidando al Virreinato de la Nueva España (México) como el punto más importante de está intersección[25].

Si bien ambos modelos se fueron consolidando con el tiempo, también es cierto que las circunstancias históricas y políticas modificaron la correlación de fuerzas a partir del anuncio que hizo el rey español Felipe II, al promulgar la Unión Ibérica, que vinculaba en cabeza de un mismo monarca a España y a Portugal entre los  años 1580 a 1640[26].

Sin embargo, los resultados de esa unión entre estos dos reinos antagónicos fueron más allá de los hechos previsibles. Empezando por las incursiones terrestres y fluviales que llevó a cabo el movimiento de exploradores o bandeirantes[27] en Brasil a tomar posesión de los territorios del centro y el oeste, ubicados más allá del meridiano de Tordesillas. De esa manera, los exploradores lusitanos emprendieron lo que se conoce como la “macha al Oeste”, trasladándose de ciudades y puertos que habían erigido estratégicamente sobre las costas del Atlántico como San Pablo, Río de Janeiro y Salvador de Bahía, hasta adentrarse en los lugares más recónditos de una geografía caracterizada por abundantes zonas selváticas y tropicales, habitadas en muchos de los casos por tribus autóctonas, que permanecieron hasta ese momento ajenas al vaivén de los hechos ocurridos en las zonas portuarias y más pobladas sobre el Océano Atlántico. Lo que a su vez determinó el grado de dificultad que tuvieron que afrontar los exploradores para someter a dichos poblados, los cuales se habían estructurado de forma  independiente.

Las travesías emprendidas por los bandeirantes, además de servir para tomar control de poblados indígenas y establecer su autoridad sobre ellos, permitió además el descubrimiento de importantes fuentes económicas, concretamente de minas de oro, diamantes, además de excelentes tierras que poco después se ocuparon con inmensos sembradíos de caña de azúcar. Sobre la cuestión minera, este rubro pasaría a convertirse en la principal fuente de ingresos para los lusitanos, durante la época de la colonia, siendo en este caso el estado de Minas Gerais, el más rico en la producción aurífera, seguido de otros estados del interior como Goias y Mato Grosso, los cuales se convertirían en auténticos centros de producción minera. Cuyo auge demandaría mayor mano de obra, que fue traída desde el otro lado del Océano Atlántico, precisamente desde las colonias lusitanas en África, convirtiendo la trata de esclavos africanos en un componente más de la actividad mercantil que venían adelantando los exploradores europeos,  no sólo en Brasil sino en el resto de colonias en todo el continente americano.

Otro aspecto relevante en este mismo contexto tuvo que ver con la presencia de las misiones jesuitas.  Precisamente en las regiones ocupadas por los indígenas Guaraníes, que terminaron por erigirse en localidades distantes, pero a su vez altamente productivas e independientes a los dictados políticos desde los litorales sobre el Atlántico, concretamente del principal centro de poder de los lusos como lo fue Rio de Janeiro.   Un hecho que, a la postre, se convertirá en la -manzana de la discordia- entre los españoles, portugueses y la propia iglesia católica al pretender el dominio de tan aislados, pero tan estratégicos y valiosos territorios.

Una disputa que derivó en una negociación de carácter diplomático a través de la firma del tratado Madrid o lo que también se denominó como el tratado de permuta (1750), en el que dadas las condiciones sobre las cuales ambos reinos habían extralimitado la normatividad y los límites establecidos en Tordesillas, se aceptaba que España tomara posesión en Asía de las ex colonias portuguesas de las islas Filipinas y Molucas, que contribuiría en la concreción de sus proyecciones geopolíticas a nivel mundial.

Mientras que Portugal tomaría pleno control de las tierras que habían sido exploradas “extra-Tordesillas”,  mediante el uso del principio del “utti posidettis” (posee la tierra quien la ocupó y colonizó primero), que llevaron a la práctica los exploradores lusitanos en estos territorios sobre la amazonia, el centro-oeste y el sur del actual territorio brasileño; el cual con el tiempo se convertiría en la expresión real y concreta de lo que el británico Halford Mackinder denominó como heartland , es decir, la formación de un gran macizo territorial[28].

Al calor de estos mismos hechos presentados entre los siglos XVI al XVIII, tiempo durante el cual se estableció el período de la colonia, se mantuvo en firme la guerra entre los templarios contra el Vaticano y los aliados del Papa, que para este mismo caso se traducía en la competencia entre los reinos ibéricos por el control territorial y de los recursos naturales en América.

En ese sentido, el escenario de la confrontación no sólo fue terrestre, sino que se trasladó al ámbito de la navegación.  Se trató entonces del auge de los piratas y los corsarios, quienes surcaron las rutas comerciales más importantes entre el Viejo y el Nuevo Mundo, amparados en muchas ocasiones por alguna autoridad en Europa, particularmente los británicos, quienes más se dedicaron a perseguir y arrebatar embarcaciones y mercancías transportadas en buques mercantes, principalmente de origen español, que cruzaban el Indico, el Océano Pacífico desde Filipinas hasta Acapulco (México), llevando consigo portentosos cargamentos de oro, plata, especias, alimentos, fibras, objetos de lujo, traídos desde Oriente, cuyo destino final se encontraba al cruzar el Océano Atlántico entre los diferentes mercados y consumidores europeos[29].

Bajo esta práctica mercantil y naviera, los reinos de Inglaterra, Holanda y Portugal buscaron también proteger sus embarcaciones durante estos recorridos transatlánticos, asestando golpes a las embarcaciones “enemigas” y a los enclaves comerciales en América controlados por España, el Vaticano (Italia) y en ocasiones por Francia. Con referencia a este tipo de actos en tierras americanas, se recuerda la presencia de experimentados marinos como fueron los británicos: sir Francis Drake y sir Henry Morgan, ambos motivados por la posibilidad de conseguir y adueñarse de los grandes tesoros en el Nuevo Mundo, esos que se pretendían a partir de la incesante búsqueda del Dorado, con lo cual se pusieron en práctica las más variadas estrategias para la obtención de riquezas e importantes ciudades coloniales comenzando por Panamá, Santo Domingo, Jamaica, San Agustín (Florida), Maracaibo, Cuba, Cartagena de Indias.

Las cuales en su mayoría se habían convertido en importantes baluartes del poderío imperial de los españoles en el Nuevo Mundo, lo que implicaba defenderlos y disputarlos no necesariamente frente a Portugal, sino que en adelante implicará hacerlo frente a los intereses vitales que mostraba la armada real británica bajo el auspicio del reinado isabelino.  Un hecho que implicó el diseño de nuevas estrategias de carácter geopolítico por parte de los españoles, pero también de los anglosajones para de este modo asegurar el control del eje geopolítico más importante a nivel mundial, después del mediterráneo y que en adelante se ubicará del otro lado del Océano Atlántico, en concreto en las aguas circundantes de la región del Mar Caribe.

 

Bibliografía

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Mesografía

Biblioteca Luís Ángel Arango:

http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/credencial/febrero1992/febrero3.htma, 1983.

Datos Curriculares de la Autora

Dra. Maria del Pilar Ostos Cetina

 

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Conacyt con adscripción al Centro de Estudios Superiores Navales (CESNAV) de la Secretaria de Marina Armada de México.

Actualmente, docente investigadora en el Instituto de Investigaciones Estratégicas de la Armada de México, que pertenece a la Universidad Naval y al CESNAV donde imparte materias a los alumnos del Doctorado en Defensa y Seguridad Nacional, la Maestria en Seguridad Nacional, la Maestría en Administración Naval (DEM), la Maestría en Ciencia Política y la Especialidad en Geopolítica.

E-mail: mpostos@yahoo.com

[1] De acuerdo con el estudio de D. Hatcher, “es probable que existiesen técnicas de navegación mucho antes de lo que permite suponer la documentación existente.  (Incluso)…es probable que la piratería se desarrollase en paralelo a la navegación, pero según la mayoría de enciclopedias y diccionarios, la piratería se remonta al tiempo de los fenicios (año 1000 a.C.), considerados el primer pueblo de navegantes del Mediterráneo”. Ver más en David Hatcher Childress, El secreto de Cristóbal Colón. La flota templaría y el descubrimiento de América, Ed. Nowtilus, Madrid, 2005, pp. 12-32. Con respecto a las expediciones de los chinos en América en el siglo XV, se recomienda el libro de  Gavin Menzies, 1421. El año en que China descubrió el mundo, Debolsillo, Barcelona, 2005.

[2]Sobre el tema de los Templarios, se trataba de un conjunto particular de hombres cultos, estadistas, peregrinos de cualquier religión no sólo cristianos, hábiles navegantes versados en política, aliados con la gran hermandad de navegantes que había creado un imperio comercial en tiempos de  los fenicios.  Se les ha vinculado hasta la actualidad como protectores del saber y de objetos sagrados. Hay quienes, además, sostienen que el origen de los templarios se remonta a los tiempos de la construcción del Templo de Salomón por albañiles fenicios de Tiro, o incluso a los de la Gran Pirámide o la Atlántida, pero el origen de su historia moderna se encuentra en la Edad Media, en la época de las cruzadas. Hatcher, op. cit.,  pp. 34-94.

[3] Enrique el Navegante también se integró como gran maestre de la orden de los Caballeros de Cristo, la nueva orden templaría en Portugal.

[4]  En Synesio Sampaio Goes Filho, Navegantes, bandeirantes, diplomatas. Um ensaio sobre a formaçao  das fronteras do Brasil, Biblioteca do Exército Editora, Río de Janeiro, 2000, pp. 18-19. Al tiempo que se sugiere a Therezinha De Castro, Nossa América. Geopolítica comparada, Biblioteca do Exército Editora, Río de Janeiro, 1994, pp. 27-29.

[5] Sobre el tema, se recomienda la lectura de Carlo M. Cipolla, Las máquinas del tiempo, Fondo de Cultura Económica, Argentina, 1998, pp. 12-13.

[6] Asimismo se expone la hipótesis de que Colón al sentirse identificado con la causa judía, su apego a aquellas raíces le pudieron haber traído a la memoria un hecho en particular, cuando en la antigüedad el Rey Salomón, con el propósito de edificar su Templo en Jerusalén, mandó hacer numerosos viajes a la tierra de Ofir  (que podría haber sido Haití), en busca de oro  para pagar la construcción de su famoso templo, y que según los estudiosos del tema, estas tierras podían haber correspondido a las costas del actual continente americano. Hatcher, op.cit., pp. 162- 168.

[7]De acuerdo con De Castro, el nombre de América tiene varios orígenes.  Por un lado, algunos estudiosos lo atribuyen al nombre que los indígenas le daban a un macizo ubicado en Nicaragua.  Otros aseguran que proviene de la ciudad indígena –Americapana– en la costa venezolana de Cumaná.  Pero también está la versión en la que se asegura que tras la expedición del italiano Américo Vespucio y el envío de su correspondencia a Italia, narrando los hallazgos descubiertos en el Nuevo Mundo, se adoptó su nombre para bautizar ese nuevo territorio visto por Vespucio al otro lado del Atlántico.  Ver más en De Castro,  Nossa… op. cit., pp. 15-16.

[8] El origen del nombre de Nueva Granada se remonta a la llegada del español Gonzalo Jiménez de Quesada, quien al arribar por primera vez a los territorios ocupados por los pobladores Muiscas, en la actual capital de Bogotá, exclamó: “¡Tierra buena y serena! ¡Tierra que pone fin a nuestra!”, al quedar deslumbrado por la belleza del paisaje, la clemencia del clima,  la abundancia y la riqueza que ofrecía este lugar; por lo que encontró un gran parecido entre la Sabana de Bogotá y su natal vega de Granada. En ese sentido, el propio Jiménez de Quezada expresó que “por las cordilleras que la circundan y las colinas que interrumpen la planicie de Bogotá, le pareció que se trataba de un jardín sembrado de torres, por lo cual le dio el nombre de Valle de los Alcázares.  La Serrezuela de Suba, le sugería la Sierra de Elvira; las colinas de Soacha, le recordaban las del Suspiro del Moro; y los empinados cerros que se alzan frente a Bogotá, le recordaban los que a Granada rodeaban.  Su imaginación andaluza le hacía ver en estas exóticas y originales tierra, el pueblo, el río y los montes que viera desde su infancia”. En Diego Montaña Cuellar, Colombia: país formal y país real, Buenos Aires, Editorial platina, 1963, p. 46.

[9] De acuerdo con Carlos de Meira Mattos, “la separación entre los territorios de Estados antagónicos se realiza estableciendo un espacio neutro.  A este espacio se le acuerda el status de Estado. De tal manera, dotado de soberanía propia, el Estado-tapón, reconocido por los dos oponentes y en la mayoría de los casos por la comunidad internacional, abriga a un pueblo autónomo y es verdaderamente una unidad independiente”. Ver más sobre el tema en Carlos de Meira Mattos, Geopolítica y teoría de las fronteras, Buenos Aires, Círculo Militar, 1997, p.61.

[10] Ver más en Silvia Broadbent, Los chibchas organización social y política, Bogotá, Facultad de Sociología, Universidad Nacional de Colombia, 1964, p. 9.

[11]Ver a María Victoria Uribe, “Como era la gente. El poblamiento nativo antes de la llegada de los conquistadores” en Revista Credencial Historia, Bogotá, Edición 27, Marzo de 1992.

[12] Los grupos costeros en general tenían una gran movilidad con excepción de los cacicazgos de la Sierra Nevada, la depresión momposina y la península de la Guajira, cuya organización socio-política se fincó sobre la llanura caribeña a partir de los recursos acuáticos del mar, los ríos y las ciénagas características de este lugar. Al respecto se sugiere a Felipe Cárdenas Arroyo, “América: tres civilizaciones y numerosas sociedades intermedias”, en Revista Credencial Historia, Bogotá, Edición 34, Octubre de 1992.

[13] El sitio de Tenochtitlán se inició en el mes de mayo de 1521, al mando del príncipe Cuauhtemóc, quien dirigió el ejercito que defendería la capital del imperio por un período de ochenta y cinco días hasta cuando Cortés ordenó cortar el suministro de  agua, atacar las canoas, casas y los palacios hasta la rendición definitiva de la ciudad al poder español. Y a partir de ese momento comenzar la reconstrucción de la opulenta ciudad de México sobre las ruinas de la Tenochtitlán. Al respecto se recomienda la lectura de Ida Appendini y Silvio Zavala, Historia universal moderna y contemporánea, México, Editorial Porrúa, 1983, pp. 38-39.

[14] Ibid., pp. 42-47.

[15] Montaña Cuellar, op. cit., pp. 44-45.

[16] Ibid. p. 45.

[17] Las fuentes saladas más grandes e importantes de la región música se localizaron en las poblaciones de Nemocón, Zipaquirá y Tausa.

[18] Los muiscas estaban ubicados en el altiplano Cundiboyacense, el cual se extendía desde el Norte del departamento de Boyacá hasta el páramo de Sumapaz, y desde las faldas de la Cordillera Oriental hasta el Río Magdalena, limitando con las tribus Pijaos y Opitas, en el departamento del Tolima.

[19] Bacatá, nombre de la capital de los Zipas, significa “cercado fuera de la labranza”. La ciudad de Santafé de Bogotá sería fundada, al pie de los cerros Monserrate y Guadalupe, en Teusaquillo, sitio de recreo del Zipa. Durante toda la época colonial, Funza se llamó Bogotá, y el 6 de septiembre de 1810, por decreto de la Junta Suprema de Santafé, recibió el título de Villa de Santiago de Bogotá. El 17 de diciembre de 1819 el Congreso de Angostura le dio a Santafé el nombre de Bogotá.

Ver más datos en la página electrónica de la Biblioteca Luís Ángel Arango: http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/credencial/febrero1992/febrero3.htm

[20] Diccionario Enciclopédico Salvat Universal, Barcelona, Salvat Editores, 1981, p. 173.

[21] Dicho nombre devine de la abundancia de árboles a los cuales los nativos del lugar  denominaban como palo-brasil (pau-brasil).

[22] Meira Mattos, op. cit., p. 99.

[23] Synesio Sampaio Goes Fihlo, op. cit., pp. 41-44.

[24] De Castro, op. cit., p. 30.

[25]Leopoldo González Aguayo, “La geopolítica de América Latina”, en Revista de Relaciones Internacionales, México, FCPYS-UNAM, No. 56, octubre a diciembre de 1992, p. 99.

[26] Esa unión luso-española tuvo su origen en los casamientos reales entre las casas de Madrid  y de Lisboa. Ver más en Sampaio, op.cit., p. 51.

[27] Tomado del portugués, la palabra bandeirantes significa explorador. Ibid., pp. 98-113.

[28] Sobre otros detalles importantes del Tratado de Madrid (1750) y los siguientes, el Tratado de El Pardo (1761) y el Tratado de San Ildefonso (1777) firmado entre Portugal y España, se llegó a un punto de acuerdo sobre las tierras que ya habían sido exploradas por ambos reinos, en el que los portugueses cedieron a los españoles la población de Colonia de Sacramento (situada  en el actual territorio del Uruguay) sobre el margen del Río de la Plata frente a la actual ciudad de Buenos Aires a cambio de que los lusitanos tomarán posesión de los Siete Pueblos, ocupados anteriormente por los jesuitas.  Ver más en Meira Mattos, op. cit., pp. 102-105.

[29] La definición de corsario proviene de la palabra “corso”, que tiene que ver con la “campaña que, en tiempos de guerra, hacían los buques mercantes con patente de su gobierno para perseguir embarcaciones enemigas”. Entre tanto, los piratas en su mayoría habían sido marinos que habían pertenecido a alguna compañía transatlántica, pero que habían decidido lucrar a través del asalto a embarcaciones y enclaves, sin ningún tipo de  licencia o restricción  gubernamental.  Hatcher, op. cit., p. 182.

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